Alejandro sube al microbús que lo
llevará en su largo recorrido por el Periférico Sur de la Ciudad de México,
hasta su hogar; se deja caer como un bulto en el asiento.
Amanece...
Demasiado acostumbrado está como para dejarse impresionar por los amaneceres polícromos que diariamente le anuncian que su jornada laboral ha terminado.
Hasta eso está adormecido, su capacidad de maravillarse ante el portento del sol naciente, carajo.
Entrecierra los ojos, ajeno a los violetas y azules y amarillos y rojos y naranjas que intentan seducirlo. Demasiado bien sabe que su jornada aún no termina, pues no podrá conciliar el sueño hasta las 3 o 4 de la tarde, debido a la luz del sol, que siempre le hace la mala pasada de herirle los ojos y el cerebro, a pesar de su espectáculo.
Se ha convertido en un vampiro.
El frío cala, no hasta los huesos,
sino hasta el alma. “Clichés”,
se dice con
fastidio. Tan cansado está que no puede evitar caer en eso que tanto aborrece,
los clichés, las frases hechas, vacías de sentido...
Pero se deja llevar un instante por el
frío; se da cuenta de que efectivamente, la capa superficial de piel, el
músculo, los huesos de su cuerpo adolorido han sido traspasados, y la helada
lengua se cuela por esos resquicios cavernosos que hace tiempo no son tocados
por el sol.
No. Hoy No. Por Favor.
La fatiga de la jornada nocturna a
veces le hace bajar la guardia, menguar la defensa, abrir el espacio para que
de nuevo se cuelen las preguntas y las dudas que es mejor no formular de nueva
cuenta, porque hoy tampoco encontrarán respuesta.
Hoy No. Por Favor.
En lugar de volcarse hacia adentro,
resguardando el poco calor que aún le queda, prefiere cerrar los ojos y
expandir su mente hacia afuera, buscando, pescando, cazando...
Y esa vez, sin esperarlo mucho, casi
sin desearlo, que es como mejor se encuentran las cosas, lo encuentra.
Está ahí, en alguna parte.
Para él no amanece, sino al contrario. El sol agoniza
con similar juego de luces y color... y tampoco le importa.
También él se traslada rápidamente, en
transporte público, por un camino tan conocido, que no le despierta ya interés
alguno.
¿Rutaro? ¿Hamtaro? ¿Kitaro?... no comprende del todo el nombre que se
forma en su cabeza. Las consonantes apretadas, la sexta vocal, mezcla de “o”
y “e” gutural... Prefiere decirse: “Yo”.
La consonancia con su propio nombre es
evidente, pero piensa que es mera casualidad. Al menos no es uno de esos
nombres que a él le suenan como un golpe en la cara, casi un insulto: algo así
como Yatsukiro, o una burla, como Takeshi.
Sonríe, sin proponérselo. La
Señorita Cometa llega a su mente sin poder evitarlo, junto con Koyi
y Chivigón y Ultra Man y Godzilla y toda esa basura
nipona, que sin embargo forma parte de su propia cultura personal, a fuerza de
haberse visto expuesto a una buena sobredosis de ella durante su infancia.
Pudo haber sido peor, piensa,
los niños y adolescentes de hoy se ven asaltados por muchísimo más manga
y hentai de la que me tocó
soportar a mí, ¡Qué horror!
Sigue explorando; muerde suavemente
con sus incisivos la parte interna de su labio inferior, como lo hace siempre
que está profundamente concentrado, o perdidamente distraído.
Siente curiosidad, y abre por un
momento los ojos.
Un anuncio luminoso de Toyota lo
tranquiliza. Es algo familiar, reconocible, controlable.
Pero ahí termina la familiaridad.
Cuchillas afiladas y punzantes de luz
neón, esa burda imitación de los colores del amanecer, lo golpean en los ojos
como latigazos de tonalidades imposibles, irreales, artificiales.
Junto al letrero de Toyota, hay
decenas más, hiriendo su pupila: Samsung, Sony,
otras marcas conocidas, pero también muchas otras, ¿Kanjis, se llaman? Escritura japonesa, que en
estos momentos de confusión, más allá de la estética y la elegancia en la
línea, le resultan un galimatías incomprensible, trazos agudos, cortantes,
hirientes.
Y junto con toda esa explosión de luz,
otra más: el olor.
No
es que tenga un olfato delicado. Cualquiera que usa cotidianamente el
transporte público, cualquiera que sale a la calle, en cualquier ciudad, a
cualquier hora, tiene que entrenar a su pituitaria para sobrevivir a la espesa
mezcla de olores, aromas, hedores, humores, esencias, pestes, vahos, efluvios, flatulencias, fragancias,
gases y vaporizaciones característicos de los seres humanos y sus desechos.
Pero
sucede que las defensas que permiten que ciertos “perfumes” cotidianos
sean desapercibidos, no son efectivas contra el demoledor latigazo olfativo de una ciudad extraña, en la cual se
sumerge uno de golpe.
Olor a pescado, crudo y cocido. Cebolla,
ajo, soya, y otros aromas
indescriptibles lo bañan, sin que pueda evitarlo.
Para colmo de males, este no es el
amanecer, sino el ocaso. Los humores se reconcentran con el transcurso del día;
los perfumes utilizados para disimular el olor corporal hace tiempo que se han
evaporado, y él percibe cada partícula del aire como un golpe en su nariz, en
su cabeza. Incluso el olor que despide su propio cuerpo es ahora diferente,
desagradable, casi repugnante (¿así me huelen los demás?).
Está apunto de aullar de dolor.
La gente a su alrededor también es
distinta: Ojos rasgados, párpados abultados, pieles pálidas, de tono
amarillento; no ya como una excepción notable, sino como una multitud de
rostros irreconocibles, de tan parecidos.
Rostros cansados, gestos de hastío, de
nerviosismo por llegar a casa, o al bar o al centro comercial para cumplir la
diaria ofrenda al dios del consumo; cientos de personas que quieren estar en
otro lado, lejos de este autobús público, donde su Alter Ego ha
despertado.
Al principio nadie repara en él, pero
seguramente su expresión es extraña, porque poco a poco observa cómo uno a uno
voltean a verlo, con sus ojos rasgados. Seguramente la sorpresa, el pasmo, el
asco y el pavor se reflejan en su rostro, porque los demás terminan por notarlo.
Apresuradamente, se levanta de su
asiento, se dirige a empujones a la puerta delantera, la más cercana, e intenta
bajar, entre murmullos que rompen el silencio.
El conductor y las demás personas
reaccionan con violencia ¿dónde se ha visto que alguien pretenda bajar por la
puerta de entrada, y en una parada fuera del itinerario? Eso sólo sucede en las
ciudades atrasadas, sin normas, de los países salvajes, donde
todos hacen lo que quieren, como animales mal entrenados.
¿Qué son esos alaridos que profiere,
totalmente irreconocibles, ese parloteo sin sentido, ajeno al correcto hablar?
Alguien reconoce frases de un idioma extranjero, ¿portugués, español?, pero
este ser enloquecido habla tan rápido,
de manera tan desquiciada, que no se entiende nada.
Por los gritos, más que por las
palabras, entiende que así no son las cosas, no en este lugar, y si pretende
bajarse del autobús, tendrá que hacerlo como todos los demás, por la puerta
trasera, en la parada indicada en la ruta.
Se obliga a calmarse un poco, lo
suficiente para abrirse paso hasta la parte posterior del autobús; los demás le
ceden el espacio, no quieren tener que ver nada con él, rehuyen el contacto, la
mirada, sin dejar de verlo con aire acusatorio: “Maldito viejo”... “seguramente
está borracho, o drogado”... “qué asco”.
Por fin el autobús se detiene, la
puerta se abre, y él queda libre.
¿Libre, en verdad?
Al menos deja de ser notorio. El
autobús se aleja, con los pasajeros asomándose por las ventanas para ver al
tipo que se volvió loco, súbitamente; algunos toman fotos con su celular, ahora
que están a salvo. Ya tendrán qué contar al llegar a su destino.
Los ruidos de la calle son ahora
insoportables, rugidos de motocicleta, automóviles, claxons, cientos de
personas hablando al mismo tiempo por celular, sin comunicarse con quien tienen
al lado. retazos de conversaciones, fragmentos de música electrónica, jingles
publicitarios en esa lengua tan extraña. Se roban cada mínimo espacio para
imponer sus voces chillantes, sus chasquidos electrónicos, sus melodías
pegajosas.
Hasta ese momento, siente un peso en
su mano derecha y se da cuenta de que lleva aferrada una bolsa de tela con
víveres, latas y otros objetos comprados en algún supermercado. Ahora no tiene
cabeza para ponerse a averiguar su contenido.
Se obliga a sí mismo a serenarse un
poco. No es bueno salir corriendo ¿hacia
qué parte? El
Japón sereno de las películas no existe, no en medio de ese maremagnum urbano.
No ve ninguna pagoda, ni un jardín zen, ni un monje budista, ni una geisha, ni
un samurai, (Por
suerte, tampoco un monstruo gigante devora-edificios, alcanza a pensar). “Clichés”, vuelve a decirse, ese es el Japón de
postal, de National Geographic, de película gringa. Esto se parece mucho más al
escenario de Blade Runner, con sus replicantes, cada quien con su oculto
Alter Ego, pero con más anuncios, menos espacios oscuros, al menos en
esta gran avenida -a todas luces, un circuito comercial- donde todos caminan
con prisas, como hormigas hipnotizadas por las luces, los ruidos, los olores, a
tal grado, que ni cuenta se dan de estar en trance.
De nuevo vuelve a resaltar entre la
multitud, esta vez no por su expresión, sino por la lentitud de sus
movimientos. Este cuerpo es diferente al suyo, más delgado, más viejo, menos
alto. Le cuesta trabajo ordenarle a sus piernas que se muevan, porque es otra
la mecánica corporal, y porque simplemente, no sabe hacia dónde moverse.
Camina por la calle, con la bolsa del
mandado, que ahora siente muy pesada; voltea hacia su derecha, y ve el reflejo
de alguien que camina, como él, con lentitud y
torpeza. No es él (¿O si? ¿Es acaso mi nuevo Yo?) Baja por un momento la bolsa y la pone entre sus piernas,
para evitar que el contenido ruede por el piso; se mira las manos entumecidas
por las correas, y logra ver que el reflejo hace lo mismo, de modo tal que debe
ser él, (o tal vez sea un mimo, uno de esos que imita la hilarante rutina del
espejo de los Hermanos Marx en Sopa de Ganso, la cual le llega al
memoria en un momento por demás inoportuno: Groucho baja la escalera de su
palacio hasta la sala, enfundado en un camisón largo y con un gorro de dormir.
Harpo, disfrazado como el propio Groucho, intenta convencerlo de que es su
propio reflejo, pero Groucho lo duda; ambos sostienen un duelo de saltos, pasos
absurdos de baile, e intercambio de sombreros, que termina cuando un tercer
Groucho aparece, y se pierde la ilusión).
Alejandro despierta de su ensueño
cinematográfico, y a duras penas se contiene de hacer ademanes; de nuevo su
reflejo llama su atención: se queda viendo este. nuevo rostro, este cuerpo de
alguien mayor (unos
55 años, quizás más, calcula). Los ojos de este otro Yo se abren tanto como pueden, sin
reconocerse; toca su rostro, su cabello grisáceo, mira sus ropas de oficinista
de medio pelo, su cuerpo encorvado por años y años de estar sentado tras un escritorio, (¿Haciendo balances, cobrando
cuentas, redactando informes, atendiendo solicitudes, surtiendo recetas,
sellando documentos, vendiendo alimentos...?) No puede saberlo por su aspecto,
aunque presiente que algo así debe hacer este cuerpo que no es el suyo. Sólo el
peso demoledor de una rutina tan agobiante puede golpear tan duro a un hombre.
Luego, lo piensa mejor, y se aterra.
No es que su trabajo en el turno nocturno de la redacción de un noticiario
televisivo sea un mejor empleo, o que sea menos rutinario y desgastante, pero
al menos en su trabajo existe la adrenalina diaria de redactar una nota tras
otra en su bloque de internacionales; buscar las imágenes del día y las de
archivo; preparar el reportaje, checar las agencias en busca de la última nota
que cambia por completo la escaleta; el ocasional desastre del otro lado del
mundo; grabar la voz de su full track; el reloj que marca las 6:00a.m.,
hora en que inicia su noticiario; monitorear las otras cadenas; ver con qué
abrieron, cual es el teaser; si
algo se les escapó, redactar en minutos una nota para el siguiente bloque; ver
cómo la tensión baja un poco cuando entra el clima, los deportes, las notas
curiosas; el final de otro día de desastres, crisis financieras, nota roja,
escándalos de farándula, fraudes, cabildeos políticos, accidentes, atentados, y
reportes de tráfico...
Pensándolo bien, esa rutina es tan
desgastante como la de hacer el corte de caja, o revisar qué papeles faltan
para poner el sello de visto bueno; Así es éste, o aquel empleo. ¿Qué diferencia existe? Ninguna.
Alejandro se pregunta qué pensará el
dueño de este cuerpo, nuevo y gastado a la vez, al descubrirse dentro del suyo
propio: Debe ser igual de impresionante despertarse mutado en el microbús, ver
los rostros mestizos de aquellos que le rodean y van al trabajo, con falso olor
a limpio. El asalto olfativo, con olor a tamal y fritanga, a sudor mal
disimulado, a atole, o nescafé con leche, a smog y basura, a azufre y amoniaco,
a perro y a rata callejeros, a huevo y yogurt mal digeridos.
Se pregunta qué sentirá ese otro Yo,
(¿siete personas
iguales a mí, dicen que hay en el mundo?) cuando descubra en otro
escaparate su rostro barbado, su gordura, sus lentes, sus ojos aterrados, que
miran todo lo que le rodea, con horror. (¿Logrará calmarse, o saldrá despavorido,
gritando con una voz diferente a la suya, en un idioma que nadie comprende?
¿qué harán los transeúntes, el policía de la esquina, el chofer del taxi, la
señora con su niño, el vagabundo trasnochado, la vendedora de tamales, la
secretaria, el voceador, cuando lo vean? ¿Lo dejarán correr como loco, que lo
atropelle el camión de la basura? ¿Intentarán detenerlo, tranquilizarlo,
preguntarle qué le pasa? ¿Le preguntarán dónde vive, con quién, si sufre alguna
enfermedad, si se ha tomado su medicina, en un lenguaje que no entiende, como
yo mismo no comprendo el japonés que escucho? ¿O acaso sólo se harán a un lado,
lo esquivarán, como se hace siempre con los locos en la calle, como hicieron
conmigo hace unos minutos?).
Tantos pensamientos lo abruman. No
puede hacerse cargo de lo que sucede del otro lado del mundo, con su propio
cuerpo, ya bastante tiene con procesar esta nueva realidad; allá el otro, que
se las apañe como pueda.
Intenta calmarse, analizar su nueva
situación. Vuelve a cargar su bolsa del mandado y se aleja de aquella avenida
transitada, busca un lugar para sentarse, pero no lo encuentra. La lógica de
esta ciudad es diferente, no hay a la vista parques, ni centros comerciales, ni
cafés donde pueda sentarse. Sólo grandes edificios de oficinas, la mayoría
cerrados, pues el horario laboral ha terminado. No quiere llamar la atención
sentándose en las escaleras de los edificios, pero necesita desesperadamente
tomar asiento.
Camina lo más derecho que puede, y
siente un dolor agudo en su cintura, un achaque típico de quien no suele
levantar mucho la vista de su trabajo. Decide imitar a los otros transeúntes,
aparentar que va a un lugar que ya conoce, pero sus piernas no le responden
como quisiera. Está cansado, se siente más viejo de lo que nunca antes se ha
sentido.
De pronto, sin previo aviso, caen los
primeros goterones de una llovizna que pronto se convierte en aguacero. (Lo que faltaba).
Intenta correr, pero las piernas
agarrotadas se lo impiden; la gente a su alrededor corre, choca con él, lo
empuja sin miramientos, pero él desiste, recupera su paso cansino y se deja
atravesar por esta andanada de pequeñas agujas heladas, hasta que encuentra la
marquesina de una tienda dónde guarecerse.
Por fortuna, así como comienza el
chubasco, termina a los pocos minutos, y ahora la calle luce casi vacía.
Alejandro no sabe si esta es la
primera noche de una vida nueva, o sólo es un mal sueño. Ignora si fue una
especie de teletransportación, un intercambio de mentes, una mutación, o es en
realidad la perversa venganza de un genio maldito, de esos que se regocijan
transformando los deseos que se le piden, en pesadillas.
Al doblar una esquina, camina por una
calle solitaria y por fin encuentra en un pequeño jardín, apenas iluminado, con
una diminuta pagoda y una banca. Dios aprieta, pero no ahorca,
piensa fugazmente.
Se sienta, suelta la bolsa del
mandado, y para no dejar ir la poca calma que ha logrado juntar, comienza por
revisar los bolsillos de su traje gris: lo primero que encuentra es un celular
pequeño, nada ostentoso, bastante usado, aunque en perfecto estado. Los
caracteres son, claro está, japoneses (¿kanji, katakana, hiragana?
¿cómo saberlo?) Ya bastante es recordar que existen
tres tipos diferentes de ideogramas con los que los japoneses se entienden
entre ellos. (La
cultura japonesa es tan penetrante como la italiana y la gringa, después de
todo). Por
otra parte, ser el encargado de
internacionales en un noticiario, le aporta de pronto una ventaja
insospechada.
No entiende nada, pero por los íconos
logra entrar a la galería de fotos. Solo unas cuantas imágenes de bonsai
(seguramente tendrá
su jardín zen este japonesito)
y de un perro diminuto, horrendo, de esos que se convierten en el centro del
mundo de las personas solitarias, una especie de esposa-hijo-amante, (que morirá de hambre, si nadie lo va a buscar al departamentito en el que
probablemente vive).
Ni una sola fotografía de familiares,
hijos, esposa. (Este
pobre viejo está tan solo como yo, se
dice).
Se hace de noche y por ahí no pasa
nadie.
En los bolsillos del pantalón,
encuentra una cartera con algunos miles de yens, no sabe si eso es
mucho, o poco.
Hay que encontrar un lugar para dormir, en esta ciudad no se ven
vagabundos, y si me ven dormido acá en la banca, se armará un buen jaleo; Buscar la casa de este nuevo Yo,
le parece poco menos que imposible.
Si esto es permanente, como intuye ya Alejandro, será duro comenzar de nuevo, ser otro, aprender el idioma, como un niño, a
trabajar como el otro trabaja, a moverse, a comer...
El hambre le recuerda que aparte del
café que toma sin cesar para no dormirse, no ha comido en varias horas. Abre la
bolsa del mandado, y encuentra un litro de leche (¿de Soya?); tres latas de comida para perro;
dos paquetes de sopa ramen, uno de filetes de pescado crudo y dos
de comida precocida, aún congelada (¿en qué horno de microondas?); tres latas de atún (¡Mexicano!) marca Nair, y dos de pulpo en su
tinta (del país); por último, encuentra en el
fondo, unas esferas de intenso color morado,casi negro, de aspecto parecido al
betabel, pero con profundas vetas blancas, como una pequeña col morada (¿serán frutas, o verduras?) muy extrañas, poco apetitosas.
De nuevo llega a su mente las imágenes
de Señorita Cometa: Takeshy y Koyi (¿Cuál era cual?) huyen de casa, y muertos de hambre,
roban y engullen estas cosas con apetito voraz.
De momento no tiene ánimos de probar
nada nuevo, ya bastante tiene con esta situación sacada de la Dimensión Desconocida,
o de los X Files. (mi
cultura chatarra es tan basta como preocupante).
Pero el hambre ruge en su tripa, y sin
pensarlo mucho, abre una lata de atún, -que en circunstancias normales
despreciaría- y otra de pulpo. Elimina los excesos de agua y aceite. Abre un
paquete de palillos -por fortuna incluidos junto con los paquetes de comida
precocida- y devora la deliciosa mezcla de productos del mar, inesperado
banquete en improbable lugar del mundo.
Ya con el apetito saciado, Alejandro
intenta hacer un balance de la situación (curiosa frase, dadas las circunstancias), y se plantea distintos
escenarios:
¿Ir al consulado mexicano? ¿Hablar de mi
situación, que de repente desperté siendo otro, en un país por completo
diferente, como otro planeta? ¿Para qué? ¿Quién habría de creerme? ¿A quién
acudir en estos casos?
Preguntas y más preguntas. Por ellas
reconoce que sigue pensando en español. Intenta hablar, reconocer su nueva voz,
pero tanto como el japonés, su antiguo idioma le resulta extraño.
Son años de vocalizar de manera
diferente, de estructurar palabras con una boca que no le responde, una lengua
que se atora al arrastrar las consonantes, unos labios que pronuncian las
vocales de otra manera, unas cuerdas vocales acostumbradas a aspirar las
glotales, a lanzar ciertas letras hacia el paladar o la cara interna de los
dientes, una garganta que desconoce las palabras, una voz con acento totalmente
extraño, con una sonoridad seca, arrebatada, tan distinta a su acostumbrado “cantadito
chilango”.
Vuelve a buscar en los bolsillos y en
la parte interna del saco -brilloso de tanto uso, pero limpio- encuentra una
pluma, una pequeña libreta de pasta dura, como las de los agrimensores, con
números y columnas (¿Será un comerciante? ¿Qué venderá?
¿Quién abrirá la tienda, por la mañana? ¿Quién reportará el extravío? ¿Quien
publicará en las noticias la desaparición? ¿Cómo le haré cuando sea reconocido
por la calle, y llamen a un policía, y éste a su superior, y lo lleven a la
comisaría, o al asilo? ¿Qué pasará si se encuentra con algún vecino, o
conocido, y que él no conozca?)...
-Basta. Son demasiadas preguntas, para
poderlas responder.
Si es que acaso su vida y la de este
anciano japonés estaban entremezcladas por hilos invisibles, ¿qué pasaría si el otro
enloquece? ¿si va a parar a un manicomio? ¿logrará toparse con alguien que
hable japonés? ¿qué le dirá? ¿y si muere, yo también moriré?
-¡Basta ya!
Se sorprende a sí mismo gritando,
levantándose de la banca. Por fortuna no hay nadie cerca.
Alejandro-Kitaro, o como sea que se
llame ahora, cierra los ojos, trata de serenarse, de encontrar por cualquier
lado un brillo de esperanza:
¿Y si al abrirlos, me doy cuenta de que todo fue un mal sueño?
Aprieta aún más los ojos, y luego de
algunos instantes, los abre de nuevo. Ahí sigue, en el mismo parquecito, con
los puños apretados, sin saber qué hacer.
Tal vez en la mañana todo sea distinto; tal
vez todo regrese a la normalidad; tal vez esto que me ocurre sea algo menos
extraño de lo que parece; tal vez exista una especie de cofradía secreta de
teletransportados, transustanciados, transmutados, abducidos, o como sea que se
le llame a esta locura que estoy viviendo; tal vez alguien me reconozca y me
ayude a hacerme cargo de mi nueva situación...
Tal vez en algunas horas, en algunos
días, o meses, pueda reunir los pedazos de su vida, y los vuelva a armar. Pero
mientras esto ocurre ¿qué hacer?
En su mano izquierda sigue la pluma, y
en la derecha, la libreta. Se da cuenta de que, quien quiera que sea, sigue
siendo zurdo. Bueno, algo por lo menos sigue siendo familiar para él. (¿Será esta una maldición para zurdos?
No de nuevo, hay que parar de hacerse preguntas idiotas).
Al fin y al cabo, se da cuenta que
tiene en sus manos las herramientas que sabe usar, para hacer lo que mejor sabe
hacer.
Se sienta de nuevo en la banca, busca
la luz de una luminaria, y comienza a escribir:
“Alejandro sube al microbús que lo
llevará en su largo recorrido por el Periférico Sur de la Ciudad de México
hasta su hogar; se deja caer como un bulto en el asiento.
Amanece...”
/
Tizapán,
Ciudad de México.
Octubre
30, 2010.
http://www.wattpad.com/4752742-alter-ego?d=ud#!p=6



