No preguntes

Desasosiego, Fértil Musa.
Escribo en cada papel que encuentro, porque las palabras se agolpan en mis manos, me queman las entrañas, bullen en mi mente, que busca desesperadamente una respuesta, un poco de orden entre tanto caos.
Escribo para liberar mariposas, pero también para encadenar demonios.
Escribo porque no me queda otro remedio, porque de otra forma, el dolor y la confusión me dejarían mudo para siempre.
Escribo para romper los silencios a golpes de palabras.

Pero sobre todo, escribo para prender una pequeña luz en esta abismal oscuridad, del cavernoso corazón en donde habito.

San Cristóbal de Las Casas, Chiapas,
Diciembre 6,2003.
Ciudad de México,
Octubre 23, 2010.

No me preguntes cuándo me volví loco. Sería una locura.
Además... ¿quién le pregunta cosas a un Loco?
¿No es mejor, acaso, ignorarlo, no verlo, hacer como que no existe, cruzar la calle, olvidarlo lo más pronto posible?
O mejor aún, encerrarlo en una institución de paredes acolchadas y tonos suaves, donde nunca más vuelva a ensuciar nuestro mundo con su insana manera de ver las cosas...
Que otros se ocupen de él, ya que no es posible simplemente tirarlos a un pozo profundo, a que mueran de hambre y de locura...
Pero siempre habrá alguien que tenga una cierta curiosidad por saber qué dice un loco, puede ser divertido... revelador... inquietante... alucinante... enloquecedor.
El Loco, este Loco en particular, tiene la locura de escribir, y este es el cajón donde caen una a una, sus dementes letras...

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miércoles, mayo 23, 2012

Alter Ego

Alejandro sube al microbús que lo llevará en su largo recorrido por el Periférico Sur de la Ciudad de México, hasta su hogar; se deja caer como un bulto en el asiento.

Amanece...

Demasiado acostumbrado está como para dejarse impresionar por los amaneceres polícromos que diariamente le anuncian que su jornada laboral ha terminado.

Hasta eso está adormecido, su capacidad de maravillarse ante el portento del sol naciente, carajo.

Entrecierra los ojos, ajeno a los violetas y azules y amarillos y rojos y naranjas que intentan seducirlo. Demasiado bien sabe que su jornada aún no termina, pues no podrá conciliar el sueño hasta las 3 o 4 de la tarde, debido a la luz del sol, que siempre le hace la mala pasada de herirle los ojos y el cerebro, a pesar de su espectáculo.

Se ha convertido en un vampiro.

El frío cala, no hasta los huesos, sino hasta el alma.Clichés”, se dice con fastidio. Tan cansado está que no puede evitar caer en eso que tanto aborrece, los clichés, las frases hechas, vacías de sentido...

Pero se deja llevar un instante por el frío; se da cuenta de que efectivamente, la capa superficial de piel, el músculo, los huesos de su cuerpo adolorido han sido traspasados, y la helada lengua se cuela por esos resquicios cavernosos que hace tiempo no son tocados por el sol. 

No. Hoy No. Por Favor.

La fatiga de la jornada nocturna a veces le hace bajar la guardia, menguar la defensa, abrir el espacio para que de nuevo se cuelen las preguntas y las dudas que es mejor no formular de nueva cuenta, porque hoy tampoco encontrarán respuesta.

Hoy No. Por Favor.

En lugar de volcarse hacia adentro, resguardando el poco calor que aún le queda, prefiere cerrar los ojos y expandir su mente hacia afuera, buscando, pescando, cazando...

Y esa vez, sin esperarlo mucho, casi sin desearlo, que es como mejor se encuentran las cosas, lo encuentra.

Está ahí, en alguna parte.

Para él  no amanece, sino al contrario. El sol agoniza con similar juego de luces y color... y tampoco le importa.

También él se traslada rápidamente, en transporte público, por un camino tan conocido, que no le despierta ya interés alguno.

¿Rutaro? ¿Hamtaro? ¿Kitaro?... no comprende del todo el nombre que se forma en su cabeza. Las consonantes apretadas, la sexta vocal, mezcla de “o” y “e” gutural... Prefiere decirse: “Yo”.

La consonancia con su propio nombre es evidente, pero piensa que es mera casualidad. Al menos no es uno de esos nombres que a él le suenan como un golpe en la cara, casi un insulto: algo así como Yatsukiro, o una burla, como Takeshi.

Sonríe, sin proponérselo. La Señorita Cometa llega a su mente sin poder evitarlo, junto con Koyi y Chivigón y Ultra Man y Godzilla y toda esa basura nipona, que sin embargo forma parte de su propia cultura personal, a fuerza de haberse visto expuesto a una buena sobredosis de ella durante su infancia.

Pudo haber sido peor, piensa, los niños y adolescentes de hoy se ven asaltados por muchísimo más manga y hentai  de la que me tocó soportar a mí, ¡Qué horror!

Sigue explorando; muerde suavemente con sus incisivos la parte interna de su labio inferior, como lo hace siempre que está profundamente concentrado, o perdidamente distraído.

Siente curiosidad, y abre por un momento los ojos.

Un anuncio luminoso de Toyota lo tranquiliza. Es algo familiar, reconocible, controlable.

Pero ahí termina la familiaridad.

Cuchillas afiladas y punzantes de luz neón, esa burda imitación de los colores del amanecer, lo golpean en los ojos como latigazos de tonalidades imposibles, irreales, artificiales.

Junto al letrero de Toyota, hay decenas más, hiriendo su pupila: Samsung, Sony,  otras marcas conocidas, pero también muchas otras, ¿Kanjis, se llaman? Escritura japonesa, que en estos momentos de confusión, más allá de la estética y la elegancia en la línea, le resultan un galimatías incomprensible, trazos agudos, cortantes, hirientes.

Y junto con toda esa explosión de luz, otra más: el olor.

No es que tenga un olfato delicado. Cualquiera que usa cotidianamente el transporte público, cualquiera que sale a la calle, en cualquier ciudad, a cualquier hora, tiene que entrenar a su pituitaria para sobrevivir a la espesa mezcla de olores, aromas, hedores, humores, esencias, pestes,  vahos, efluvios, flatulencias, fragancias, gases y vaporizaciones característicos de los seres humanos y sus desechos.

Pero sucede que las defensas que permiten que ciertos “perfumes” cotidianos sean desapercibidos, no son efectivas contra el demoledor latigazo olfativo de una ciudad extraña, en la cual se sumerge uno de golpe.

Olor a pescado, crudo y cocido. Cebolla, ajo, soya,  y otros aromas indescriptibles lo bañan, sin que pueda evitarlo.

Para colmo de males, este no es el amanecer, sino el ocaso. Los humores se reconcentran con el transcurso del día; los perfumes utilizados para disimular el olor corporal hace tiempo que se han evaporado, y él percibe cada partícula del aire como un golpe en su nariz, en su cabeza. Incluso el olor que despide su propio cuerpo es ahora diferente, desagradable, casi repugnante (¿así me huelen los demás?).

Está apunto de aullar de dolor.

La gente a su alrededor también es distinta: Ojos rasgados, párpados abultados, pieles pálidas, de tono amarillento; no ya como una excepción notable, sino como una multitud de rostros irreconocibles, de tan parecidos.

Rostros cansados, gestos de hastío, de nerviosismo por llegar a casa, o al bar o al centro comercial para cumplir la diaria ofrenda al dios del consumo; cientos de personas que quieren estar en otro lado, lejos de este autobús público, donde su Alter Ego ha despertado.

Al principio nadie repara en él, pero seguramente su expresión es extraña, porque poco a poco observa cómo uno a uno voltean a verlo, con sus ojos rasgados. Seguramente la sorpresa, el pasmo, el asco y el pavor se reflejan en su rostro, porque los demás terminan por notarlo.

Apresuradamente, se levanta de su asiento, se dirige a empujones a la puerta delantera, la más cercana, e intenta bajar, entre murmullos que rompen el silencio.

El conductor y las demás personas reaccionan con violencia ¿dónde se ha visto que alguien pretenda bajar por la puerta de entrada, y en una parada fuera del itinerario? Eso sólo sucede en las ciudades atrasadas, sin normas, de los países salvajes, donde todos hacen lo que quieren, como animales mal entrenados.

¿Qué son esos alaridos que profiere, totalmente irreconocibles, ese parloteo sin sentido, ajeno al correcto hablar? Alguien reconoce frases de un idioma extranjero, ¿portugués, español?, pero este ser enloquecido habla  tan rápido, de manera tan desquiciada, que no se entiende nada.

Por los gritos, más que por las palabras, entiende que así no son las cosas, no en este lugar, y si pretende bajarse del autobús, tendrá que hacerlo como todos los demás, por la puerta trasera, en la parada indicada en la ruta.

Se obliga a calmarse un poco, lo suficiente para abrirse paso hasta la parte posterior del autobús; los demás le ceden el espacio, no quieren tener que ver nada con él, rehuyen el contacto, la mirada, sin dejar de verlo con aire acusatorio: “Maldito viejo”... “seguramente está borracho, o drogado”... “qué asco”.

Por fin el autobús se detiene, la puerta se abre, y él queda libre.

¿Libre, en verdad?

Al menos deja de ser notorio. El autobús se aleja, con los pasajeros asomándose por las ventanas para ver al tipo que se volvió loco, súbitamente; algunos toman fotos con su celular, ahora que están a salvo. Ya tendrán qué contar al llegar a su destino.

Los ruidos de la calle son ahora insoportables, rugidos de motocicleta, automóviles, claxons, cientos de personas hablando al mismo tiempo por celular, sin comunicarse con quien tienen al lado. retazos de conversaciones, fragmentos de música electrónica, jingles publicitarios en esa lengua tan extraña. Se roban cada mínimo espacio para imponer sus voces chillantes, sus chasquidos electrónicos, sus melodías pegajosas.

Hasta ese momento, siente un peso en su mano derecha y se da cuenta de que lleva aferrada una bolsa de tela con víveres, latas y otros objetos comprados en algún supermercado. Ahora no tiene cabeza para ponerse a averiguar su contenido.

Se obliga a sí mismo a serenarse un poco. No es bueno salir corriendo ¿hacia qué parte? El Japón sereno de las películas no existe, no en medio de ese maremagnum urbano. No ve ninguna pagoda, ni un jardín zen, ni un monje budista, ni una geisha, ni un samurai, (Por suerte, tampoco un monstruo gigante devora-edificios, alcanza a pensar). “Clichés”, vuelve a decirse, ese es el Japón de postal, de National Geographic, de película gringa. Esto se parece mucho más al escenario de Blade Runner, con sus replicantes, cada quien con su oculto Alter Ego, pero con más anuncios, menos espacios oscuros, al menos en esta gran avenida -a todas luces, un circuito comercial- donde todos caminan con prisas, como hormigas hipnotizadas por las luces, los ruidos, los olores, a tal grado, que ni cuenta se dan de estar en trance.

De nuevo vuelve a resaltar entre la multitud, esta vez no por su expresión, sino por la lentitud de sus movimientos. Este cuerpo es diferente al suyo, más delgado, más viejo, menos alto. Le cuesta trabajo ordenarle a sus piernas que se muevan, porque es otra la mecánica corporal, y porque simplemente, no sabe hacia dónde moverse.

Camina por la calle, con la bolsa del mandado, que ahora siente muy pesada; voltea hacia su derecha, y ve el reflejo de alguien que camina, como él, con lentitud y torpeza. No es él (¿O si? ¿Es acaso mi nuevo Yo?) Baja por un momento la bolsa y la pone entre sus piernas, para evitar que el contenido ruede por el piso; se mira las manos entumecidas por las correas, y logra ver que el reflejo hace lo mismo, de modo tal que debe ser él, (o tal vez sea un mimo, uno de esos que imita la hilarante rutina del espejo de los Hermanos Marx en Sopa de Ganso, la cual le llega al memoria en un momento por demás inoportuno: Groucho baja la escalera de su palacio hasta la sala, enfundado en un camisón largo y con un gorro de dormir. Harpo, disfrazado como el propio Groucho, intenta convencerlo de que es su propio reflejo, pero Groucho lo duda; ambos sostienen un duelo de saltos, pasos absurdos de baile, e intercambio de sombreros, que termina cuando un tercer Groucho aparece, y se pierde la ilusión).


Alejandro despierta de su ensueño cinematográfico, y a duras penas se contiene de hacer ademanes; de nuevo su reflejo llama su atención: se queda viendo este. nuevo rostro, este cuerpo de alguien mayor (unos 55 años, quizás más, calcula). Los ojos de este otro Yo se abren tanto como pueden, sin reconocerse; toca su rostro, su cabello grisáceo, mira sus ropas de oficinista de medio pelo, su cuerpo encorvado por años y años de  estar sentado tras un escritorio, (¿Haciendo balances, cobrando cuentas, redactando informes, atendiendo solicitudes, surtiendo recetas, sellando documentos, vendiendo alimentos...?) No puede saberlo por su aspecto, aunque presiente que algo así debe hacer este cuerpo que no es el suyo. Sólo el peso demoledor de una rutina tan agobiante puede golpear tan duro a un hombre.

Luego, lo piensa mejor, y se aterra. No es que su trabajo en el turno nocturno de la redacción de un noticiario televisivo sea un mejor empleo, o que sea menos rutinario y desgastante, pero al menos en su trabajo existe la adrenalina diaria de redactar una nota tras otra en su bloque de internacionales; buscar las imágenes del día y las de archivo; preparar el reportaje, checar las agencias en busca de la última nota que cambia por completo la escaleta; el ocasional desastre del otro lado del mundo; grabar la voz de su full track; el reloj que marca las 6:00a.m., hora en que inicia su noticiario; monitorear las otras cadenas; ver con qué abrieron, cual es el teaser;  si algo se les escapó, redactar en minutos una nota para el siguiente bloque; ver cómo la tensión baja un poco cuando entra el clima, los deportes, las notas curiosas; el final de otro día de desastres, crisis financieras, nota roja, escándalos de farándula, fraudes, cabildeos políticos, accidentes, atentados, y reportes de tráfico...

Pensándolo bien, esa rutina es tan desgastante como la de hacer el corte de caja, o revisar qué papeles faltan para poner el sello de visto bueno; Así es éste, o aquel empleo. ¿Qué diferencia existe? Ninguna.

Alejandro se pregunta qué pensará el dueño de este cuerpo, nuevo y gastado a la vez, al descubrirse dentro del suyo propio: Debe ser igual de impresionante despertarse mutado en el microbús, ver los rostros mestizos de aquellos que le rodean y van al trabajo, con falso olor a limpio. El asalto olfativo, con olor a tamal y fritanga, a sudor mal disimulado, a atole, o nescafé con leche, a smog y basura, a azufre y amoniaco, a perro y a rata callejeros, a huevo y yogurt mal digeridos.

Se pregunta qué sentirá ese otro Yo, (¿siete personas iguales a mí, dicen que hay en el mundo?) cuando descubra en otro escaparate su rostro barbado, su gordura, sus lentes, sus ojos aterrados, que miran todo lo que le rodea, con horror. (¿Logrará calmarse, o saldrá despavorido, gritando con una voz diferente a la suya, en un idioma que nadie comprende? ¿qué harán los transeúntes, el policía de la esquina, el chofer del taxi, la señora con su niño, el vagabundo trasnochado, la vendedora de tamales, la secretaria, el voceador, cuando lo vean? ¿Lo dejarán correr como loco, que lo atropelle el camión de la basura? ¿Intentarán detenerlo, tranquilizarlo, preguntarle qué le pasa? ¿Le preguntarán dónde vive, con quién, si sufre alguna enfermedad, si se ha tomado su medicina, en un lenguaje que no entiende, como yo mismo no comprendo el japonés que escucho? ¿O acaso sólo se harán a un lado, lo esquivarán, como se hace siempre con los locos en la calle, como hicieron conmigo hace unos minutos?).

Tantos pensamientos lo abruman. No puede hacerse cargo de lo que sucede del otro lado del mundo, con su propio cuerpo, ya bastante tiene con procesar esta nueva realidad; allá el otro, que se las apañe como pueda.

Intenta calmarse, analizar su nueva situación. Vuelve a cargar su bolsa del mandado y se aleja de aquella avenida transitada, busca un lugar para sentarse, pero no lo encuentra. La lógica de esta ciudad es diferente, no hay a la vista parques, ni centros comerciales, ni cafés donde pueda sentarse. Sólo grandes edificios de oficinas, la mayoría cerrados, pues el horario laboral ha terminado. No quiere llamar la atención sentándose en las escaleras de los edificios, pero necesita desesperadamente tomar asiento.

Camina lo más derecho que puede, y siente un dolor agudo en su cintura, un achaque típico de quien no suele levantar mucho la vista de su trabajo. Decide imitar a los otros transeúntes, aparentar que va a un lugar que ya conoce, pero sus piernas no le responden como quisiera. Está cansado, se siente más viejo de lo que nunca antes se ha sentido.

De pronto, sin previo aviso, caen los primeros goterones de una llovizna que pronto se convierte en aguacero. (Lo que faltaba).

Intenta correr, pero las piernas agarrotadas se lo impiden; la gente a su alrededor corre, choca con él, lo empuja sin miramientos, pero él desiste, recupera su paso cansino y se deja atravesar por esta andanada de pequeñas agujas heladas, hasta que encuentra la marquesina de una tienda dónde guarecerse.

Por fortuna, así como comienza el chubasco, termina a los pocos minutos, y ahora la calle luce casi vacía. 

Alejandro no sabe si esta es la primera noche de una vida nueva, o sólo es un mal sueño. Ignora si fue una especie de teletransportación, un intercambio de mentes, una mutación, o es en realidad la perversa venganza de un genio maldito, de esos que se regocijan transformando los deseos que se le piden, en pesadillas.

Al doblar una esquina, camina por una calle solitaria y por fin encuentra en un pequeño jardín, apenas iluminado, con una diminuta pagoda y una banca. Dios aprieta, pero no ahorca, piensa fugazmente.

Se sienta, suelta la bolsa del mandado, y para no dejar ir la poca calma que ha logrado juntar, comienza por revisar los bolsillos de su traje gris: lo primero que encuentra es un celular pequeño, nada ostentoso, bastante usado, aunque en perfecto estado. Los caracteres son, claro está, japoneses (¿kanji, katakana, hiragana? ¿cómo saberlo?) Ya bastante es recordar que existen tres tipos diferentes de ideogramas con los que los japoneses se entienden entre ellos. (La cultura japonesa es tan penetrante como la italiana y la gringa, después de todo). Por otra parte,  ser el encargado de internacionales en un noticiario, le aporta de pronto una ventaja insospechada. 

No entiende nada, pero por los íconos logra entrar a la galería de fotos. Solo unas cuantas imágenes de bonsai (seguramente tendrá su jardín zen este japonesito) y de un perro diminuto, horrendo, de esos que se convierten en el centro del mundo de las personas solitarias, una especie de esposa-hijo-amante, (que morirá de hambre, si nadie lo va a buscar al departamentito en el que probablemente vive).

Ni una sola fotografía de familiares, hijos, esposa. (Este pobre viejo está tan solo como yo, se dice).

Se hace de noche y por ahí no pasa nadie.

En los bolsillos del pantalón, encuentra una cartera con algunos miles de yens, no sabe si eso es mucho, o poco.

Hay que encontrar un lugar para dormir, en esta ciudad no se ven vagabundos, y si me ven dormido acá en la banca, se armará un buen jaleo; Buscar la casa de este nuevo Yo, le parece poco menos que imposible.

Si esto es permanente, como intuye ya Alejandro, será duro comenzar de nuevo,  ser otro, aprender el idioma, como un niño, a trabajar como el otro trabaja, a moverse, a comer...

El hambre le recuerda que aparte del café que toma sin cesar para no dormirse, no ha comido en varias horas. Abre la bolsa del mandado, y encuentra un litro de leche (¿de Soya?); tres latas de comida para perro; dos paquetes de sopa ramen, uno de filetes de pescado crudo y dos de comida precocida, aún congelada (¿en qué horno de microondas?); tres latas de atún (¡Mexicano!) marca Nair, y dos de pulpo en su tinta (del país); por último, encuentra en el fondo, unas esferas de intenso color morado,casi negro, de aspecto parecido al betabel, pero con profundas vetas blancas, como una pequeña col morada (¿serán frutas, o verduras?) muy extrañas, poco apetitosas.

De nuevo llega a su mente las imágenes de Señorita Cometa: Takeshy y Koyi (¿Cuál era cual?) huyen de casa, y muertos de hambre, roban y engullen estas cosas con apetito voraz.

De momento no tiene ánimos de probar nada nuevo, ya bastante tiene con esta situación sacada de la Dimensión Desconocida, o de los X Files. (mi cultura chatarra es tan basta como preocupante).

Pero el hambre ruge en su tripa, y sin pensarlo mucho, abre una lata de atún, -que en circunstancias normales despreciaría- y otra de pulpo. Elimina los excesos de agua y aceite. Abre un paquete de palillos -por fortuna incluidos junto con los paquetes de comida precocida- y devora la deliciosa mezcla de productos del mar, inesperado banquete en improbable lugar del mundo.

Ya con el apetito saciado, Alejandro intenta hacer un balance de la situación (curiosa frase, dadas las circunstancias), y se plantea distintos escenarios:

¿Ir al consulado mexicano? ¿Hablar de mi situación, que de repente desperté siendo otro, en un país por completo diferente, como otro planeta? ¿Para qué? ¿Quién habría de creerme? ¿A quién acudir en estos casos?

Preguntas y más preguntas. Por ellas reconoce que sigue pensando en español. Intenta hablar, reconocer su nueva voz, pero tanto como el japonés, su antiguo idioma le resulta extraño.

Son años de vocalizar de manera diferente, de estructurar palabras con una boca que no le responde, una lengua que se atora al arrastrar las consonantes, unos labios que pronuncian las vocales de otra manera, unas cuerdas vocales acostumbradas a aspirar las glotales, a lanzar ciertas letras hacia el paladar o la cara interna de los dientes, una garganta que desconoce las palabras, una voz con acento totalmente extraño, con una sonoridad seca, arrebatada, tan distinta a su acostumbrado “cantadito chilango”.

Vuelve a buscar en los bolsillos y en la parte interna del saco -brilloso de tanto uso, pero limpio- encuentra una pluma, una pequeña libreta de pasta dura, como las de los agrimensores, con números y columnas (¿Será un comerciante? ¿Qué venderá? ¿Quién abrirá la tienda, por la mañana? ¿Quién reportará el extravío? ¿Quien publicará en las noticias la desaparición? ¿Cómo le haré cuando sea reconocido por la calle, y llamen a un policía, y éste a su superior, y lo lleven a la comisaría, o al asilo? ¿Qué pasará si se encuentra con algún vecino, o conocido, y que él no conozca?)...

-Basta. Son demasiadas preguntas, para poderlas responder.

Si es que acaso su vida y la de este anciano japonés estaban entremezcladas por hilos invisibles, ¿qué pasaría si el otro enloquece? ¿si va a parar a un manicomio? ¿logrará toparse con alguien que hable japonés? ¿qué le dirá? ¿y si muere, yo también moriré?

-¡Basta ya!

Se sorprende a sí mismo gritando, levantándose de la banca. Por fortuna no hay nadie cerca.

Alejandro-Kitaro, o como sea que se llame ahora, cierra los ojos, trata de serenarse, de encontrar por cualquier lado un brillo de esperanza: ¿Y si al abrirlos, me doy cuenta de que todo fue un mal sueño?

Aprieta aún más los ojos, y luego de algunos instantes, los abre de nuevo. Ahí sigue, en el mismo parquecito, con los puños apretados, sin saber qué hacer.

Tal vez en la mañana todo sea distinto; tal vez todo regrese a la normalidad; tal vez esto que me ocurre sea algo menos extraño de lo que parece; tal vez exista una especie de cofradía secreta de teletransportados, transustanciados, transmutados, abducidos, o como sea que se le llame a esta locura que estoy viviendo; tal vez alguien me reconozca y me ayude a hacerme cargo de mi nueva situación...

Tal vez en algunas horas, en algunos días, o meses, pueda reunir los pedazos de su vida, y los vuelva a armar. Pero mientras esto ocurre ¿qué hacer?

En su mano izquierda sigue la pluma, y en la derecha, la libreta. Se da cuenta de que, quien quiera que sea, sigue siendo zurdo. Bueno, algo por lo menos sigue siendo familiar para él. (¿Será esta una maldición para zurdos? No de nuevo, hay que parar de hacerse preguntas idiotas).

Al fin y al cabo, se da cuenta que tiene en sus manos las herramientas que sabe usar, para hacer lo que mejor sabe hacer.

Se sienta de nuevo en la banca, busca la luz de una luminaria, y comienza a escribir:

Alejandro sube al microbús que lo llevará en su largo recorrido por el Periférico Sur de la Ciudad de México hasta su hogar; se deja caer como un bulto en el asiento.

Amanece...”

/
 
Tizapán, Ciudad de México.

Octubre 30, 2010.


http://www.wattpad.com/4752742-alter-ego?d=ud#!p=6

miércoles, mayo 16, 2012

Aura y yo.


Cuando muere un escritor,
mueren también todos los libros que no ha escrito,
que quedaron presos en su mente y no fueron liberados por sus manos.
Cuando muere un escritor,
se apagan las luces de entendimiento
que no encendió con sus palabras. 
Cuando muere un escritor,
como Carlos Fuentes,
mueren miles, millones de mundos
en las mentes y corazones de sus lectores.


Descubrí Aura entre el montón de libros de mi padre. Comencé a hojearlo y me sedujo. Luego lo escondí entre mis propios libros, para leerlo clandestinamente.

Su lectura me dejó intrigado, turbado, confuso. Muchas cosas se escapaban a mi inocente entendimiento de 12 años.

Tal vez mi papá lo echó en falta, tal vez me delató mi mirada culpable y excitada. Me sorprendió leyendo, con el delgado libro oculto dentro de otro, y cuando descubrió lo que leía, miré su desconcierto; seguramente esperaba encontrar otra cosa.

-Deberías leer antes otras cosas, más adecuadas para tu edad. –me dijo. Eso o algo así. Pero no me quitó el libro, que terminé de leer con una extraña mezcla de excitación, culpa y deleite.

Mi mente infantil perdió la virginidad con Aura. Estoy tan, tan agradecido…




De camino entre San Cristóbal y Tuxtla, Chiapas.
Un mañana de neblina y lluvia,
Mayo 16, 2012.

lunes, mayo 07, 2012

Voto Nulo, Nulo…


A diferencia del “Voto Útil” en la elección del 2000, que de útil no tuvo nada, al menos la estrategia del “Voto Nulo” cuenta con una virtud: tiene un nombre sincero.

Hablando en primerísima persona, sin querer hablar por nadie más) yo tampoco creo en ninguna de las opciones que me presenta el menú electoral para este 2012. Sencillamente, en México tenemos una clase política lamentable, pequeñita y menos que mediocre, llena de oportunistas, corruptos, incumplidos y deshonestos. No hay un solo político que tenga una verdadera visión de Estado.

Pero este es el menú que tenemos, y no estoy de acuerdo con la sentencia de “los pueblos tienen los gobiernos que merecen”.

Muchos mexicanos y mexicanas de gran valía, de izquierdas, de derechas, de centro, han dado su vida y en muchos casos murieron, para que yo pudiera ejercer mi derecho y deber ciudadano de emitir mi voto. Levantarme el domingo 1° de Julio, localizar mi casilla, formarme en la fila, presentar al presidente de casilla mi credencial para votar (que me costó un enorme trabajo conseguir) y emitir mi voto, será mi forma de decirles que su vida, y su muerte, tuvieron sentido.

Pero ya frente a las boletas ¿Por quién votar, si nadie me convence? ¿Qué puedo hacer como ciudadano huérfano de un proyecto de Nación con el cual me identifique, y me haga sentir cobijado?

El Voto Nulo es una tentación… pero es como ir a un restaurant, ver que hay de tres (no, quatro sopas, pero una de ellas ni a caldo de agua tibia llega) y decir “decido no comer”. Es válido no comer, si no te gusta, como es válido tomar la elección de “elegir no elegir”, y respeto a quien lo haga pero a mí me parece un poco absurdo, y para efectos prácticos, es casi tan inútil como quedarme todo el día de la elección en casa, viendo películas.

El Voto Nulo en efecto es deslindarse de las decisiones que tomen otros por mí, pero es también darle manos libres para que hagan lo que quieran con total impunidad.

Ningún politicastro de esos que tienen el descaro de poner su foto y decir que ahora sí, de veras, de veritas, harán todo lo que se comprometen a cumplir, perderá el sueño por ese diez por ciento que anulará su voto. Ninguno dirá “¡caray, no pude convencerlos! en algo fallé”. ¡Nah!

El Voto Nulo sólo sirve a quien está en el poder (y me refiero a todos los partidos, que se reparten el pastel y las migajas, no sólo al chaparrito de Los Pinos, él ya se va, por fortuna, y le importa un cacahuate por quién voten) porque quien vota nulo, anula su posibilidad de exigir que las cosas cambien.

Si de verdad quiero que mi voto valga como protesta, como un “¡Ya estuvo bueno, nadie merece mi voto!” mejor me siento en estos días que faltan; observo a las personas que quieren mi voto a los ojos; intento entrar en sus cabezas y en sus corazones, más allá de sus palabras; los cuestiono; leo con seriedad sus propuestas de campaña; los cuestiono de nuevo, con severidad, y sobre todo, recuerdo de dónde vienen y a dónde van, (y si no lo sé, lo averiguo).

Aún hay tiempo, puedo hacerlo, y el 1°de julio, cumpliré con mi deber ciudadano, me haré partícipe de este momento de la historia de mi país, sabré bien por quién voto, con el convencimiento de que no le tengo confianza, y sabré exigirle que haga los cambios que a mi país en verdad le hacen falta. Defenderé mi voto y exigiré cuentas a quien gane.


Gracias a Juan Mireles por permitirme participar con este texto en el promer número de la Revista Monolito! Auguri!

Link de descarga de la revista literaria MONOLITO: https://hotfile.com/dl/154475222/c80762d/Revista_Monolito_(Primer_Nmero)..pdf.html

miércoles, marzo 28, 2012

Quiero leerte

A Ariella,
quien despliega sus alas,
en medio de la tormenta.

Quiero Leerte.



Quiero leer cada poro de tu piel.

Quiero leer tus ojos y tus pensamientos.

Quiero leer cada sílaba de tus pezones,

                                                                 con mi mirada más aguda.

Quiero repasar cada línea de tus cabellos ,

                                                                       y al terminar

                                                                                             releerte de principio a fin.

Quiero leer tus humedades y escribir luego sobre ellas.

Contarle a todos cómo fue que navegué por tus ríos,
                                                                                     sin ahogarme,

                                                                                                              mientras leía tus labios.

Quiero leer tu vientre y sus marcas de guerrera

                                                                              para luego escribir con sus líneas un canto.

Quiero leerte, para así,

                                       tenerte presa en mi mente.

Y llevarte conmigo hasta la tumba,

                                                          hasta que el fuego acabe con mis restos,

                                                                                                                           y mis cenizas se esparzan al viento.



San Cristóbal de Las Casas, Chiapas.
Marzo 28, 2011.

jueves, marzo 08, 2012

HOY, TAMBIÉN...

Sí, sí, ya sé, ora dicen que menos felicitaciones y más derechos, (y tienen razón). También dicen que "un día pa' la mujer y 364 pa' los hombres (y por desgracia, también tienen razón)... yo siempre he dicho, y hoy lo sostengo, FELICIDADES, MUJER, HOY TAMBIÉN ES TU DÍA y cuando ya no sea necesario recordarlo, algo habremos avanzado...

lunes, marzo 05, 2012

Largo camino para un breve encuentro con Gabo

¡Me han pagado! Por primera vez en meses tengo dinero en mis bolsillos y eso me llena de una embriaguez difícil de controlar.
Soy un peligro para mí mismo, por no decir que para mis finanzas. Lo primero que hago es pensar en mi Amada.
Voy a Plaza Loreto, en San Ángel. Miro un collar y unos aretes. Los imagino adornando su cuello, me digo “¡Qué diablos!”. Los compro.

Entonces lo veo.
Un viejo narigón, todo lentes y mostacho; alto que fue, o por lo menos parece haberlo sido, conserva aún cierta gallardía, cierto porte que el peso de los premios y los años no ha podido aplastar.

Lo detiene un par de señoras, conversa con ellas, amable. Saca del bolsillo de su camisola a cuadros un plumón, sonríe, con la sencillez que sólo la fama otorga. Firma.
Antes que nada, aclaro: Nunca pido autógrafos. Me parece la mayor parte de las veces una falta de respeto… a uno mismo. ¿Quién es Éste (o Ésta, según sea el caso) que tengo frente a mí, para que yo lo considere más digno de alabanza que la señora que vende jugos en la esquina y se levanta al alba helada, día tras día, a lavar naranjas, partir naranjas, exprimir naranjas, para sacar unas gotas de agridulce Sol?

La mayoría de las figuras públicas, me parecen francamente deleznables, y quien no lo es, casi siempre sólo me provoca una reverente y muda contemplación.
- Vi a Carlos Fuentes comprando antiácido en la farmacia de la esquina -Le platiqué a un amigo.
- ¿Y qué hiciste? ¿Le pediste su autógrafo? ¿Platicaste con él? ¿Qué frase genial y rotunda le arrancaste?
- Nada, sólo un “Buenas Tardes” -Muy cortés, eso sí- remato.

Sin embargo, Gabo es Gabo. Y no todos los días se lo encuentra uno, así, sin más, sin la execrable nube de fans de última hora y reporteros de la fuente cultural, tan incultos la mayoría, pobres.
- Nombre y cargo, por favor…
- Oye, manita ¿y ése, quién es?…
- Pos sabe, creo que ganó un Oscar, o un premio así…
- Chin, llegué tarde y ya me quiero ir,
- Colega ¿tienes el boletín? ¿Me pasas un audio pa’ hacer mi nota?…
- ¿Qué opinan de México allá en su país?…
- Me he leído toda su poesía, ¡Es taaaan linda!…
- Oye, es novelista, no poeta…
- Pues también esas… ¡Son re-interesantes!…
- ¡Ándale, ándale! ¡Tómame una foto con él!… ¡Ora tú, también, te toca!…

¡Pero se trata de Gabo, el magnífico! Aquí en la librería deben tener al menos un libro suyo…
Acudo al jovencito encargado de la caja.

-¿García Márquez?… Sí, por aquí nos queda algo de él… Creo que estuvo por aquí en la tarde, ya vinieron varios a comprar cosas suyas…

Quedan Cien Años de Soledad y La Increíble y Triste Historia de la Cándida Eréndira y de su Abuela Desalmada. Editorial Diana, pasta dura, horrenda portada de fondo montañoso y florecitas rosadas. Me gusta más el primero, me alcanza para el segundo.

Saco Billete Veloz. El jovencito se hace bolas con un cambio y hay tres más esperando. Tomo el libro y voy a Tabaquería y la dependiente, toda sonrisas y amabilidad profesional, acepta cobrármelo. Le pago y se hace bolas con el cambio. -“Debe ser requisito indispensable para que te contraten”, alcanzo a pensar. Trata de envolverlo, le digo que no. -“¿Para regalo?” vuelvo a negar. Me desespero, le digo que tengo prisa, que ahorita regreso por el cambio, se hace bolas con el ticket; me lo pide, lo piensa, me lo devuelve “Por si se lo piden”. Salgo corriendo. Rompo el celofán. Ni siquiera recuerdo cuánto costó.
Gabo ya no está en la sección de discos; Las señoras desaparecieron, corro como loco. No está en la óptica, me desespero… ¿estará en el baño, o habrá salido ya?

En el estacionamiento está Gabo, y deja de ser Gabo para convertirse en el Maestro (No puedo evitarlo).
Habla por el celular, probablemente con algún otro Nobel, quizás algún periodista. Me mantengo discretamente alejado. Su ayudante-chofer-guarura me mira con cara de “¡Otro más!”. Lo miro con cara de “Pues sí, qué se le va a hacer”.

Gabo (Perdón, el Maestro) termina la llamada; me acerco. Comento que sé que es de mal gusto pedir un autógrafo en un libro recién comprado, pero le aseguro que sí lo he leído, al igual que muchas de sus obras; él frunce el ceño, con ligera extrañeza. Le digo que me pareció un excelente retorno al oficio su Historia de mis Putas Tristes (no se lo comento, pero pienso que aún siendo una obra menor, bien podría ser el mejor libro escrito por muchos otros).

El Maestro (o sea, Gabo) comenta con su asistente que al parecer, a todos les gustaron sus Putas; Sonreímos, cómplices. Comenta que pensaba que lo iban a regañar.
-“¿Por qué?”
-“Por ser un libro “por-no-grá-fi-co”; más sonrisas.

Le respondo que eso es imposible, que a él todo se le permite. Gabo (es decir, el Maestro) vuelve a ver a su asistente y comenta:
-Si supusiera que este Joven tiene otras intenciones, más allá de un autógrafo, no estaría dispuesto a soportarlo, pero no tengo más remedio que creerle, porque ya lo consiguió¿A quién lo dedico?

-Para Ariella

 Escribe Para Gabriela. Me atrevo a corregirlo, él dice que es un nombre bello. Pasa de buena gana a la otra página. Dibuja una flor. Escribe:

Una Flor para Ariella y Alejandro, con la Flor del amigo. GM”.

Soy el Hombre Más Feliz Del Mundo.


- ¿Para cuándo será la boda? -Me pregunta, a bocajarro.

- Pues con esto, yo creo que para mañana mismo -aventuro, sabiendo que la reacción de mi Amada será toda abrazos y caricias, como efectivamente fue.





Olivarito, Cittá del Messico,

14 de octubre, 2005.